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Primer día en Estambul: aterricé en Asia para ver Europa

Aterricé en el lado asiático de Estambul para conocer una ciudad que casi todos imaginamos europea. Te cuento cómo fue
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Venía de visitar a un amigo en Oslo, Noruega, y de ahí salía mi vuelo a Estambul: un 24 de marzo de 2023, a las 12:55, un trayecto de unas tres horas y cuarenta y cinco minutos. Lo tomé con Pegasus y aquí les soy sincero: antes de este viaje nunca había escuchado de esa aerolínea. Su página web, al menos en ese entonces, se veía tan vieja y rara que hasta llegué a pensar que era falsa, así que me puse a googlear, y error… me topé con que era una aerolínea que había tenido uno que otro accidente. Aun así decidí confiar. No se sentía precisamente una aerolínea de lujo, pero el vuelo salió sin ningún problema. Hoy, por cierto, un Oslo–Estambul con Pegasus anda más o menos entre los 100 y 190 dólares según la fecha; yo ya ni recuerdo cuánto pagué en ese momento.

Faltan unos minutos para aterrizar. Llevo tres horas de vuelo desde Oslo y, aunque ya tengo rato viajando, todavía siento ese cosquilleo en el estómago que aparece cada vez que estoy por pisar un país nuevo. Desde la ventanilla, Estambul se ve enorme: una inmensidad de ciudad llena de mezquitas hasta donde alcanza la vista, partida por el agua. Es mi primera vez en Turquía, y ya me está gustando.

Atrás de mí va un tipo medio raro. Lleva todo el vuelo intentando decirme algo sobre el asiento y no le entiendo nada; lo siento nervioso y, la verdad, me deja un poco intranquilo. Al final solo quería avisarme que iba a recargar su asiento, nada importante, pero uno nunca baja la guardia.

Aterrizando en Asia para conocer una ciudad europea

Y aquí va lo curioso. Voy a aterrizar en el aeropuerto Sabiha Gökçen (SAW), que está del lado asiático de la ciudad. Sí, leíste bien. Estambul es de las poquísimas ciudades del mundo que se reparte entre dos continentes al mismo tiempo: una mitad en Europa y otra en Asia, separadas por el estrecho del Bósforo. Así que, técnicamente, esta era mi primera vez pisando el continente asiático. Y fíjate que en otro post te voy a contar que sí regresamos a este lado de la ciudad para visitar una de las mezquitas más impresionantes de Estambul, pero esa historia te la dejo para después.

Su historia da para rato: antes se llamó Bizancio, después Constantinopla, y fue capital de tres imperios distintos, el romano, el bizantino y el otomano, antes de ser la Estambul de hoy. No está nada mal para una primera parada.

El aterrizaje estuvo intenso, con su buen sacudón, pero se logró. Cuando bajé del avión pasamos por la aduana, que estaba un poco caótica: la fila era un desorden y terminé en una que no me tocaba, pero al final me atendieron y pasé sin problema. Salí, y ahí estaba Adrián esperándome para la aventura que nos tenía preparada Turquía.

Para ponerte en contexto: a Adrián lo conocí hace años, creo que en 2016, cuando estuve viviendo en Francia, en un pueblito que se llama Angers, durante mi intercambio. Si me sigues desde hace rato, ya sabes que cada año llevo mexicanos a Islandia, y ahí aprovecho para cruzarme o sumar alguna otra aventura, y cuando puede, el buen Adrián me hace segunda.

Tres cosas al tocar tierra: baño, dinero y metro

Tenía claras tres cosas que hacer apenas pisar el aeropuerto: ir al baño (sí, esa también cuenta), sacar dinero y dar con el metro para llegar a Taksim, el barrio donde estaba nuestro hostal.

El papeleo ya lo traía resuelto desde casa. Para entrar a Turquía los mexicanos sí necesitamos visa, pero tranquilo, no es ningún viacrucis. Es una e-visa que se tramita por internet en el sitio oficial del gobierno turco (evisa.gov.tr) en unos cinco minutos y, en mi caso, fue gratis. Te llega un PDF al correo y listo. Solo cuida dos cosas: que tu pasaporte tenga al menos seis meses de vigencia y que lo hagas en la página oficial, no en intermediarios que te cobran de más por el mismo trámite. Te deja quedarte hasta 30 días.

Lo segundo, el dinero. La moneda local es la lira turca. En el aeropuerto puedes cambiar efectivo en una casa de cambio, aunque a mí me funcionó mejor sacar liras directo del cajero; probé uno de BBVA que tenía opción en inglés y la comisión me pareció bastante decente.

Mi consejo con el dinero es este: dependiendo del país, siempre es bueno llegar con algo de efectivo, por lo menos unos dólares que puedas cambiar. Si el país ya tiene fama de manejarse más con efectivo, ahí sí te recomiendo sacar dinero del cajero e intentar usar la tarjeta de crédito para todo lo demás. Eso sí, algo clave: cuando pagues con tarjeta y la terminal te pregunte en qué moneda quieres pagar, elige siempre la moneda del país. Si eliges pagar en tu moneda, la conversión que te aplican es altísima. No lo hagas.

Cómo llegamos del aeropuerto a Taksim cruzando dos continentes

Y la tercera, el metro. Aquí es donde la geografía se pone interesante. Como aterricé del lado asiático y Taksim está del lado europeo, para llegar al hostal literalmente había que cruzar de un continente a otro.

Desde SAW, el metro (la línea M4) sale directito de la terminal, pero te deja en el lado asiático; para brincar a Europa hay que enlazar con el Marmaray, el tren que pasa por debajo del Bósforo conectando los dos lados. Es barato y se salta el tráfico, aunque implica un par de transbordos. Si vas cargado de maletas o llegas hecho polvo, también está el Havabus, un autobús que te deja más cerca de Taksim sin tanto cambio de línea. Para cualquier opción de transporte público te conviene comprar una Istanbulkart en las máquinas del aeropuerto: es la tarjeta recargable que sirve para metro, tren, autobús y hasta los ferris que cruzan el Bósforo. Un solo plástico para moverte por toda la ciudad. Y un aviso para que no te agarren en curva: los precios del transporte cambian seguido por la inflación, así que toma cualquier cifra como referencia y confírmala al llegar.

Pero la verdad, Estambul es de los destinos más baratos que he visitado. Te escribo esto después de un tiempo de haber ido, y para que te des una idea: a la vuelta, de regreso del viaje, rentamos una limosina para que nos llevara al aeropuerto y nos salió en algo así como 20 o 25 euros a cada uno. Sí, una limosina. Cincuenta euros en total que valieron cada centavo sin pensarlo.

La primera noche en Taksim

Esa noche llegamos al hostal, hicimos el check in y dejamos las cosas en el cuarto, que la verdad estaba bastante bien. Nos quedamos en el The Central House Istanbul Taksim, sobre Papa Roncalli Sokak No. 34, en Elmadağ, a unos cinco minutos a pie de la plaza Taksim. En ese viaje, allá por marzo de 2023, pagamos 74 euros por las dos noches entre los dos, o sea como 37 euros cada quien por dos noches. Hoy que reviso, una cama ahí sigue rondando entre los 12 y los 30 dólares la noche según el día, así que sigue siendo una ganga para lo céntrico que está.

El lugar era como una casa antigua elegante, limpio, con baños renovados y muy limpios (allá en las descripciones de los hospedajes usan mucho lo de “baños de mármol” y ese tipo de detalles). El cuarto lo compartimos con otras dos personas que casi no hablaron; cada quien con su locker con candado, y tenía balcón. Me acuerdo que desde ahí se veía algo que hoy solo veo en las novelas turcas, jaja: la gente que recoge basura empujando sus diablitos cargados con pacas gigantes, súper típico del lugar. Eso y los gatos, que ahí están por todos lados.

Dejamos las cosas y salimos a buscar dónde cenar. Queríamos probar unos kebabs, aunque la verdad buscábamos más bien los que ya nos gustaban, estilo Europa. Acabamos en un puesto callejero con kebabs de los originales y, siendo honesto, no fueron de nuestro total agrado. Ahí empezó el choque cultural: en el localito no hablaban nada de inglés, y justo en ese momento empezó a sentirse como una buena decisión. Este tipo de situaciones son las que te sacan de tu zona de confort, las que te ponen en lugares que te activan algo nuevo en la cabeza: buscar cómo darte a entender, probar cosas distintas. No recuerdo cuánto pagamos, pero esa primera cena fue baratísima.

De ahí nos fuimos caminando a la zona principal de bares y restaurantes, que estaba muy cerca. Hoy sé que esa callecita se llama Nevizade, justo detrás de İstiklal, y es de las más famosas para salir de noche en Estambul. Era interesante: de un lado tenías un lugar de té para los que no toman, y enfrente un bar con cerveza y música. Esa noche ya era tarde y estábamos destruidos, así que solo paseamos un rato por las calles de alrededor y nos regresamos a dormir.

Y así terminó el día uno en Estambul. Apenas estábamos calentando, y la ciudad ya me había dado choque cultural, una cena que no esperaba y un cruce entre continentes en mi primer día. En el próximo relato te cuento cómo nos fue cuando nos lanzamos de lleno a recorrerla.


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