Si me preguntaras “¿qué te pareció Sicilia?”, mi respuesta sería simple: es un lugar al que tienes que volver. No porque te falte una foto o un checklist, sino porque hay demasiado que ver, demasiado que sentir y demasiado que entender. Sicilia no se “tacha” de la lista; Sicilia se vive por capas. Y cada vez que regresas, descubres otra.

Lo primero que Sicilia me enseñó fue paciencia. No como frase bonita, sino de verdad: te obliga a bajar revoluciones. Allá, lo más rápido que vas a conseguir es un espresso. Todo lo demás —el menú, la bebida, el plato, la cuenta— llega cuando tiene que llegar. Al principio me desesperó, porque me tocó estar en restaurantes con una sola mesa ocupada (la nuestra) y aun así el ritmo era lento. Luego entendí que no era descuido: es su forma de operar. Más que lentitud, es calma. Y para alguien como yo, medio hiperactivo, fue un choque… pero también una lección necesaria.
Esa calma no se queda en los restaurantes. La sientes en el ambiente, en los pueblitos, en las playas, en el ritmo de la gente. Cuando después llegué a Barcelona, el contraste fue brutal: Sicilia se siente silenciosa por dentro, como si el tiempo estuviera mejor administrado. No digo que todo sea perfecto ni que nunca haya estrés, pero en mi experiencia (fuimos a inicios de octubre) se respiraba una tranquilidad que se agradece muchísimo.
Moverte en coche, para mí, no es opcional: es la manera de sacarle el 100% a la isla. Sicilia es grande, variada, y tiene demasiados “desvíos que valen oro”. Con auto puedes ir por la costa, frenar cuando veas una playa que te guiña el ojo, subir a un mirador que aparece en el mapa, o cambiar de plan sin que te cueste la vida. Y eso fue justo lo mejor del viaje: no estaba planeado como normalmente planeo. Reservamos el primer hospedaje en Palermo dos días antes de salir, y lo demás lo íbamos decidiendo casi noche a noche.
De hecho, esa libertad fue de lo más valioso. Hacía años que no sentía un viaje así: elegir sobre la marcha, moverme sin apego, confiar en que “algo va a salir”. Conforme creces, esa libertad se va achicando por trabajo, responsabilidades, raíces, horarios, incluso cosas tan simples como tener perro. Por eso Sicilia me gustó tanto: me devolvió esa sensación de viajar como antes, con margen de maniobra y sin una agenda que te apriete el cuello.
En carretera, Sicilia tiene dos caras: las autopistas y los caminos rurales. Las autopistas nos parecieron impresionantes: impecables, sin baches, bien hechas… y estamos hablando de una isla. Comparado con México, sí sentí que allá seguimos en pañales. Los caminos rurales también están bien, pero son más lentos, más angostos, y si te toca alguien enfrente y no hay forma de rebasar, pues te adaptas. Ahí vuelves a la lección número uno: paciencia.
Un punto que me sorprendió (y que recomiendo vivir a propósito) son los paradores de carretera. De verdad: hazlo parte del plan. Párate por un café en la autopista. El peor parador al que fuimos estaba a años luz de muchos paradores de autopistas de paga en México. Allá encontrábamos baños limpios, café de calidad, máquinas profesionales, comida bien hecha y lugares que parecían cafeterías a las que irías un domingo por gusto. Y todo funcionando bien, incluso siendo temporada ya más tranquila (octubre).
Manejar en Sicilia, eso sí, tiene su chiste. En ciudades como Palermo, el primer contacto puede sentirse como una clase intensiva de “cómo manejan los italianos”: van a la ofensiva, más que a la defensiva. Puede ser estresante si no estás acostumbrado o si no manejas con seguridad. Pero si sabes manejar, se siente bastante seguro. Uno que otro loco siempre hay, pero en general lo vivimos bien.
Y luego están los paisajes, que son parte de la razón por la que el coche vale tanto la pena. Tienes costa azul (a veces turquesa), autopistas elevadas con vistas increíbles, campos de olivos, naranjos, viñedos y una cadena de montañas que no esperas ver así. Desde que llegas a Palermo, el aeropuerto ya te recibe con roca inmensa al lado, como recordándote que aquí la naturaleza manda. Hubo tramos donde, por un momento, me sentí en Islandia: carretera y montañas raras, imponentes, como de otro mundo.
En costos de autopista, tampoco fue una locura. En casetas habremos pagado, máximo, unos 8 euros. Algunos locales te dicen “vete por acá para evitar el cobro”, pero si eso te suma 30 minutos por ahorrarte poco, a veces ni vale la pena. Mejor usa ese tiempo en lo que Sicilia sí hace bien: regalarte vistas, pueblos y paradas inesperadas.
Sobre rentar auto, un dato útil: a nosotros nos costó alrededor de 700 euros por una semana y “cachito”. Y ojo con dos cosas: la licencia internacional (más que por la renta, por si te llegan a parar) y el tema de la tarjeta de crédito, porque las condiciones pueden cambiar según la empresa. Nosotros rentamos directo en el aeropuerto. En verano, honestamente, no sé si me arriesgaría igual sin reservar con tiempo, porque debe ser un volado encontrar coche.
Otro detalle que me encantó del servicio (aunque sea lento) es que casi nunca sentí que me quisieran vender algo de más. Las recomendaciones se sentían reales. Y ahí tengo dos teorías: una, que así son; dos, que como el sistema de propinas no funciona como en México, no existe esa presión de subir el ticket a la fuerza. Pedías sugerencia y no te mandaban directo al plato más caro nomás porque sí. Eso se agradece, aunque el ritmo siga siendo pausado.
Algo que también define Sicilia es que se siente muy local. En muchos lugares, el 80 o 90% de lo que escuchábamos era italiano. Sí, hay turismo, y hay sitios muy conocidos, pero no me tocó esa sensación abrumante de “autobuses y filas eternas” por todos lados. Mucho de lo que vimos eran sicilianos en su vida normal o italianos vacacionando dentro de Italia. Eso cambia por completo el sabor del viaje: se siente más auténtico, menos armado para el extranjero.

Sobre el idioma: el inglés existe, pero no siempre al 100, y no todo mundo tiene ganas de forzarlo. En cambio, algo curioso es que nos funcionó mucho el español. A veces más que el inglés, porque se parece y porque varios lo entienden o lo intentan. Aun así, si vas, aprende lo básico en italiano. Con unas cuantas frases, tu experiencia sube de nivel, especialmente si tu plan incluye hablar con gente, pedir recomendaciones o moverte fuera de los lugares más turísticos.
En precios, Sicilia me pareció un destino de “precio justo”. No es regalado, pero tampoco te castiga. Pagas y sientes que tiene sentido. Para que te des una idea: comiendo muy bien, con botella, platos completos, café y a veces postre, nuestras cuentas rondaban entre 30 y 80 euros para dos personas. En hospedaje, traíamos una media bastante cómoda: normalmente entre 1,000 y 2,500 pesos por noche por persona (aprox.), y solo una vez lo superamos. Incluso llegamos a quedarnos en un todo incluido cuatro estrellas. En general: buena calidad sin tener que sacrificar.
Seguridad: yo me sentí extremadamente seguro. Palermo y Catania son ciudades viejas, con graffiti y callejones que, por estética, te podrían contar otra historia… pero en mi experiencia no se sintió peligroso. Obvio: hay que ser inteligente, no buscar problemas ni meterte donde no debes. Pero comparado con ciudades donde tu cuerpo te pide poner la mochila al frente (tipo París), acá sentí una calma que se disfruta. Caminamos de noche, manejamos de madrugada, y todo fue tranquilo.
Ahora, el “pero” más claro del destino, además del servicio lento, es la logística de conexiones por ser una isla. En ciertas temporadas hay menos vuelos, y eso limita opciones. Y aquí sí lo digo tal cual: yo evitaría que mi plan dependa de salir desde Catania. Ese aeropuerto tiene fama de cancelaciones, ya sea por el Etna o por cualquier otro caos. A nosotros nos tocó un problema informático general en Italia y, aunque eso pudo pasar en otros lados, Catania se siente especialmente propensa a complicaciones. Si puedes, Palermo me parece mejor idea: además tienes ferris como plan B.
Esa es la parte que tienes que asumir mentalmente cuando viajas a una isla: necesitas tiempo, paciencia y capacidad de maniobra. Un vuelo puede cancelarse, puede que no haya tantas rutas, puede que termines quedándote uno o dos días extra. Sicilia no es “me voy a una capital y de ahí vuelo a cualquier parte cada hora”. Aquí conviene viajar con margen y sin ansiedad por el control total.
Y aun con esos puntos, para mí Sicilia es un sí rotundo. Es bonita, segura, con comida buenísima, gente directa pero abierta, carreteras excelentes y paisajes que te frenan el pensamiento. Tiene historia, tiene playa, tiene ciudades intensas y pueblos tranquilos. Tiene lujo (Taormina está llena de marcas) y tiene lugares donde no ves ni rastro de cadenas globales. De hecho, yo no vi Starbucks, y eso hoy ya es decir mucho.
Si tuviera que cerrar con una idea: Sicilia te recuerda que el tiempo no se ahorra, se vive. A veces te va a desesperar, sí. Pero si dejas que la isla marque el ritmo, te regala algo que no es tan fácil de encontrar en otros destinos: calma real. Por eso digo que tienes que ir… y por eso también digo que no basta con una sola vez.

Alex Jumper
Travel blogger mexicano. Viajo desde 2010 y te cuento lo que funciona, lo que no y lo que nadie te dice antes de ir.
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